viernes, 13 de julio de 2018

La envidia: “Es mejor despertarla que sentirla”.

Esta es una expresión popular que engendra un temor inconsciente: no queremos percibirla. La envidia es un sentimiento muy común, acaso ¿quién se atreve a decir que jamás la ha sentido?

La envidia es un efecto originado en el deseo de poseer aquello que se encuentra en manos de otra persona, grupo o comunidad, por ejemplo: dinero, un bien, experiencia, situación, poder, cuerpo, fuerza, amor, etc.  La envidia es una sensación natural e inherente a cualquier ser humano, no obstante, cuando provoca sufrimiento presenta un alcance de conflicto.


El sufrimiento nace en primera instancia, cuando la envidia es negada o evadida. Son escasas las personas que reconocen sentirla. La negación viene precedida de creencias religiosas, culturales, familiares o personales. Las creencias generan que el individuo se niegue a admitirla y como consecuencia, la reprime. El sentimiento de inmediato es enviado a la mente inconsciente y desde allí continúa emitiéndose y potenciándose, se convierte en una emoción. Reprimir es un gran incentivo que despierta y sensibiliza a la persona para atraer situaciones que le generen envidia.

Desde el punto de vista de la evolución biológica, el ser humano en la etapa en que requiere “salir de la cueva” y desplazarse en el medio terrestre, le compete realizar movimientos, transportarse y trasladarse. Unas acciones que posibilitan medir fuerzas, evaluar y compararse con sus compañeros y enemigos. Esta adaptación conduce al ser humano a ser competente y demanda de una constante evaluación de sus capacidades con respecto a los demás. Un hecho evolutivo que determina el grado de valoración personal.

 La comparación, según lo anterior, es la génesis emocional de la envidia; en el supuesto de que la valoración se considere inferior, el individuo se desvaloriza con respecto a sus contrarios o afines. Cuando la desvaloración es alta, surgen innumerables conflictos, pasando desde los emocionales hasta los psicológicos y físicos. La envidia se convierte en un conflicto cuando la persona empieza a desarrollar rencor, resentimiento, odio, deseos de destruir o de venganza en contra de una persona, familia, grupo o comunidad. La envida conduce al individuo a rehuir la competencia, ya que como lo expresamos, la persona sufre una alta desvalorización, se percibe inferior y más débil.

El envidioso experimenta insatisfacción y frustración, pero en vista de que por lo general no lo reconoce y reprime, esta sensación se fortalece. La persona acumula gran rabia hacia los que poseen “el objeto” del que precisamente cree carecer. El individuo dado su grado de desvalorización, se percibe incapaz de lograr u obtener aquello de lo que el otro disfruta. Se priva de luchar y competir por lo que desea, o, simplemente, de aceptar sus limitaciones. 

Asimismo, la envidia también se puede sufrir cuando alguien desea pensar, expresar, realizar determinada acción o comportamiento y se cohíbe; ya sea por sus creencias de lo que es bueno o malo, por miedo, desaprobación o prohibición. En cuyo caso, la persona se vuelve crítica, juzga, reprocha y hasta se puede convertir en un enemigo de quien es capaz de expresar lo que ella inconscientemente desea.

Este conflicto se manifiesta en actitudes de rechazo, dominio, reproche, maltrato, injuria, traición, venganza y alejamiento, entre otros. Este individuo con frecuencia desconoce que sus conductas proceden de su desvalorización y responsabiliza a sus víctimas de su comportamiento. El envidioso justifica su proceder con el argumento de defensa propia.

Una persona que sufre de envidia también puede derivar en un comportamiento de superioridad. Se trata de aquel que quiere sobresalir a cualquier precio, ser el centro de las miradas, busca de forma enfermiza la valoración, ridiculiza y exagera, llega a mentir sobre sus logros, presenta una gran ansia de reconocimiento y admiración. 

La envidia es un sentimiento que impide la adaptación del individuo a su ambiente. En las relaciones interpersonales es gran causante de rupturas y acumulación de enemigos. La envidia y su consecuente desvalorización fomenta enfrentamientos de tipo social, entre empresarios y obreros, pobres y ricos. En el contexto familiar, la lucha entre hermanos por el amor de los padres, la rivalidad por su condición de género (hombre-mujer) entre los susodichos y/o entre los padres. Cuando una mujer envidia la fuerza masculina es proclive al feminismo y viceversa, cuando el hombre desea el acto procreador y el poder sexual de la mujer, tiende al machismo. La envidia por la belleza entre las mujeres es fuente de riqueza para bastantes empresas de cosmetología y cirujanos plásticos. El consumismo puede igualmente ser un resultado de la envidia personal, familiar y social. 

El conflicto de la envidia condiciona claramente la calidad de vida del que la sufre. El envidioso adquiere el hábito emocional de estar más pendiente de lo que hacen, poseen, piensan y expresan sus víctimas. Se trata de un inmaduro emocional que aún no se reconoce, no sabe quién es, se teme así mismo o posee un bloqueo emocional que le impide desarrollarse y madurar. 

La sanación del conflicto empieza por el reconocimiento, ya que como expresamos en los primeros párrafos, la negación potencia el sentimiento y lo convierte en una emoción, la cual desde el inconsciente se proyecta aumentando sus efectos. El envidioso requiere tomar consciencia de que la envidia es un sentimiento que se produce de manera natural cuando se establece comparación, pero que se convierte en conflicto cuando se ostenta una gran subvaloración cimentada en la incapacidad e ineptitud. Las personas con un conflicto de envidia, requieren mantener su condición de atención consciente en el momento en que se presenta la sensación de envidia, reconocerla y ahondar en su desvalorización; aceptando que los seres humanos siempre vamos a tener limitaciones con respecto a los otros. Requieren a su vez, revalorizarse, pues del mismo modo que poseemos limitaciones, también fortalezas. 

En la revalorización se encuentra la sanación de aquellos que manifiestan un conflicto de envidia. El envidioso necesita potenciar sus talentos con la humildad de sus propias limitaciones. El permitirse el desarrollo de sus virtudes y reconocerlas como parte de su naturaleza y de igual modo, aceptar sus limitaciones, es conocerse así mismo. La madurez emocional empieza por este auto-conocimiento y la revalorización, por el reconocimiento de los propios talentos y el empoderamiento de las fortalezas que lo catapulten a su crecimiento personal.




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Luz Quiceno
Escritora y Diplomada en BNE

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