miércoles, 11 de octubre de 2017

¿QUÉ EFECTOS EMOCIONALES SUFREN LOS PADRES DE LA GENERACIÓN DE LOS 60(s)?

La generación de la guayaba como padres


Los colombianos casi con seguridad sabrán que es la generación de la guayaba; no obstante, para los que no, la explicación detallada está en el pie de página[i]. La generación de la guayaba es la forma como Andrés López[ii] con grandioso talento describe a las personas nacidas entre los años 60’s y principios de los 70’s. También en YouTube[iii]encontramos un video que presumiblemente se inspira en dicha descripción y en el cual denominan como “sobrevivientes” a los nacidos por aquellos tiempos.

Según la grabación, los que procedemos (pertenezco a dicha época) de esta generación teníamos escasas posibilidades de sobrevivir debido a que: no usamos cinturón de seguridad ni silletas de niños en los vehículos, dormíamos en cunas pintadas con pintura de plomo, tampoco empleábamos casco para montar en la bicicleta, tomábamos agua de la manguera o del grifo, consumíamos demasiada azúcar en bebidas y tortas, aparte, no existían los teléfonos móviles y tecnologías para comunicarnos, etc. A este fenotipo podemos adicionar para hilvanar con el tema a tratar, que sobrevivimos, además de lo enunciado: al látigo, el castigo y a la dictadura tanto familiar como política, dependiendo esto último del país de procedencia.

A la generación de la guayaba se le cercenó el derecho a la expresión. La obediencia no tenía discusión o protesta; al menor gesto “se nos volteaba el mascadero” o quizás el pringón en las piernas se hacía sentir de inmediato y sin derecho a réplica o huida. Los “Derechos de la Infancia” no existían. En aquellas épocas los privilegios eran para los adultos, en especial para el padre. Era el que primero comía y tenía la mejor carne, lo que quedaba se repartía entre los hijos (si había). Los padres para educar sus hijos se apoyaban en los dictámenes de la religión católica, donde los actos de “insubordinación” eran repudiados y se ordenaba castigarlos con severidad. En la mayoría de los países suramericanos dicha religión era la voz mandante, hacía parte fundamental del gobierno. Ir a misa constituía un acto inobjetable y según el grado de implicación de los progenitores, se tenía que ir a diario y a la misa de gallo (misa a las 5 am). Por otro lado, los hijos trabajaban dentro y fuera de casa en muchos casos. Las mujeres tenían que aprender y realizar las labores domésticas desde edades muy tempranas (3-5 años), de similar forma, los varones tenían que aprender el trabajo fuerte (construcción, cargar provisiones, recados o mandados) y si por “fortuna” los padres poseían algún negocio, trabajar a sol y sombra junto a ellos, o, dependiendo de la situación económica de la familia, salir a la calle a “rebuscar” dinero para contribuir en la casa. Por todo lo anterior, ¿verdad que el término de “sobrevivientes” se ajusta a la perfección?

La marca de sobrevivientes de la generación de la guayaba es una huella emocional de la que pagamos tributo; ya sea con el resultado de vida que llevamos y/o con la educación de nuestros hijos. Claro que también son muchas las fortalezas que hemos desarrollado con respecto a otras generaciones, por ejemplo: somos sociables por naturaleza, trabajadores al máximo, desarrollamos el ingenio y el instinto que nos lleva a superar cualquier dificultad en el trabajo, el negocio o en nuestra casa; eso sí, excepto las barreras tecnológicas a las cuales con esfuerzo nos adaptamos. Con constancia estamos preguntando a nuestros hijos para resolver un problema al respecto, mientras que ellos se hacen de rogar con su sapiencia y casi que terminamos suplicándoles. Hasta que finalmente, después de rogarles varios días ellos se dignan asistirnos y viene lo peor: lo solucionan en menos de un minuto. Nosotros quedamos con la boca abierta como si de un milagro se tratara; ante la mirada de “que tonto es mi padre o mi madre que no sabe esto”.

En fin, mucho podría escribir sobre nuestra generación, sin embargo, quiero puntualizar en aquellas barreras emocionales fruto de la mano dura y la dictadura que vivimos, cuya proyección probablemente “vaciamos” al educar nuestros hijos, los de la generación Y, Z y AA de la que habla Andrés López. Seguramente que en muchas ocasiones cuando recibíamos azotes — tal vez debido a que nuestro progenitor se levantaba de mal humor— prometimos que nunca le haríamos eso a nuestros hijos; quizás también, cuando queríamos ir a jugar y no podíamos, ya fuera porque los zapatos estaban rotos o nos avergonzáramos de tener un diente podrido —del cual ya se habían hecho mofa los amigos—y que hacía que nos riéramos tapándonos la boca para evitar la burla o a lo mejor, cuando se nos impedía hablar y como consecuencia las palabras nos asfixiaban por dentro  o tal vez, cuando los deseos de jugar o ver la televisión eran reprimidos a cambio de una larga jornada de trabajo. Habida cuenta de esto, nos comprometimos con esta frase: “no haré esto a mis hijos”. Una promesa que hemos cumplido a rajatabla.

Los padres de la época de la guayaba nos hemos encargado de darles “todo lo que nuestros hijos necesitan”, de que nada les falte. Les compramos las zapatillas o los tenis marca Nike o Adidas, cuando menos. Les preguntamos si están ocupados mientras ven la televisión o jugando a la “play”, antes de mandarlos a hacer algo en casa. Les damos lo que piden: el último videojuego, el ultimo computador o ¡qué digo! si este ya no está en auge, es la última generación de Xbox o el IPhone lo que está de moda y “necesitan”. Los limites y las consecuencias —si es que existen— las acordamos con ellos y a la hora de aplicarlas pedimos su opinión, les damos todas las explicaciones que quieren y las que no también, razón por la cual llegan a decirnos o gritarnos: NO QUIERO OÍR TUS EXPLICACIONES. Cuando se enojan vamos detrás de ellos solicitándoles comedidamente que nos digan que les pasa e incluso, pidiéndoles perdón constantemente, si acaso les hemos ofendido.

Todo lo mencionado anteriormente se aplica a aquellos de la generación de la guayaba que desarrollan un comportamiento opuesto al de sus propios padres; no obstante, existen personas de la misma generación que repiten la conducta de sus padres, en otras palabras, educan a sus hijos tal como los educaron a ellos en la ley del látigo y la dictadura. Aunque, sin temor a equivocarme, creo que son más escasos. De todas formas, ambos tipos de padres están ubicados en los extremos, lo cual para el inconsciente significa lo mismo, es decir, ambos se encuentran lastimados y proyectan su dolor no reconocido en sus hijos. Algo que es denominado como “la sombra”, un efecto emocional que se proyecta en nuestra realidad de acuerdo al grado de inconsciencia.

Después de esta descripción que, aunque no pormenorizada, pero sustanciosa; me voy a permitir hacer hincapié en las causas emocionales para que la generación de la guayaba, eduque a sus hijos de la forma enunciada. Las promesas que nos hicimos en aquellos momentos de agitación emocional se han quedado impregnadas en nuestro inconsciente y han prevalecido a la hora de levantar a nuestros hijos, nos han obligado y siguen “sometiéndonos” con su dolor. Muchas madres han salido de sus casas a buscar el dinero para darle a sus hijos “todo lo que necesitan” e impedir que “sufran la carencia que yo sufrí”. También ha “sometido” a muchos padres a realizar largas jornadas de trabajo con el mismo propósito. En cierta ocasión escuché a una mujer de dicha generación decir: —yo trabajo para darles a mis hijos los regalos de navidad— y cuando se le preguntó si les daba muchos regalos, dijo: —les lleno la casa de regalos, de tal manera que en todo el año están estrenando juguetes y hasta los terminan regalando sin abrirlos. Esta mujer representa la frustración de muchos niños nacidos en los 60’s o 70’s que en navidad se quedaban con las manos vacías, con muy poco o simplemente, con la decepción de no recibir lo que pedían.

Los hijos de la generación Y, Z y AA por lo general, se han educado en la soledad del hogar; donde los padres están muy ocupados trabajando para “que no les falta nada”. La ausencia de los progenitores en este tipo de familias ocasiona una relación de culpa- odio; la culpa es de los padres, puesto que a pesar de darles “todo lo que necesitan”, los marginan de su compañía, su tiempo, afecto y amor; ahora, el odio o rabia es de los hijos, que siguen igual que sus padres, en carencia. Se ha repetido la historia, los mismos dolores emocionales de la infancia, esto es lo que se llama “proyección”. Todo lo que hay en la mente es lo que se constituye en realidad. La proyección se aplica tanto para los que repiten el comportamiento, como para los que hacen lo opuesto a sus padres. Son polaridades fraguadas por el resentimiento, la culpa, la tristeza, el temor o el fastidio que todavía habita en su mente inconsciente. Los hijos de esta generación están embebidos de las mismas emociones, sienten rabia hacia sus padres y estos se preguntan: —¿Por qué? Si yo le he dado todo, no lo he maltratado, lo he consentido, le he dejado hablar y, sin embargo, parece odiarme, me ofende, me irrespeta, me lastima.

La generación de la guayaba que continua sin sanar y se excede en disciplina o no pone límites a sus descendientes, requiere reconocer que están maltratándolos. La violencia tiene diferentes caras, la negligencia es una de ellas, los hijos perciben la falta de límites y la persistente ausencia de los padres como: no me ama, me desprecia, no le importo, no quiere estar conmigo. Los padres nacidos en estas épocas suelen brindarse a sus hijos como amigos, hermanos e incluso son hijos de sus hijos, y en el caso de los padres dictadores, sus descendientes los perciben como un mandatario o un jefe impositivo. Ambos marginan a sus hijos de tener un padre o una madre, justo lo que necesitan.

Queridos padres y madres de la generación de la guayaba: se pueden corregir y reparar los errores cometidos, por experiencia propia lo asevero. Quiero ser una voz de reflexión y esperanza para aquellos que todavía se encuentran inmersos en dicha proyección emocional con sus hijos. Reconocer es el primer paso para liberar y cambiar dichas emociones y sanar. Estas heridas son las que no te permiten ser padre o madre en todo el sentido de la expresión. Este artículo es la recopilación, fruto de la experiencia personal cuando creí que “perdía” a mi hijo mayor, lo cual fue la campanilla que me hizo despertar y reflexionar sobre mis errores. Unas consignas que ahora deposito en este escrito a la espera de ser la campanilla que un día me sacudió a mí e hizo ponerme manos a la obra.




[i] Generación W: Que es alusivo a las vanguardias artísticas, literarias y juveniles en Colombia entre 19XX a 1968.; De ella son los papás y mamás por convicción no por accidente.
Generación de la Guayaba: Esta generación es a la que pertenece el autor (1969 a 1974) y da el predominio a la música merengue y a la introducción de los primeros dibujos animados japoneses, conocidos como animes, y a las series estadounidenses en la televisión colombiana, en síntesis, al Hombre Nuclear.;
Generación X: Es el periodo de 1975 a 1980 y se da el desarrollo y experiencia de los primeros intercambios culturales y la difusión de otras lenguas. Su lema es Confunde y reinarás. “Se caracteriza por su confusión de pensamiento, palabra, obra y profesión, tal vez porque es una generación de hijos del divorcio o, lo que es lo mismo, de los hippies soñadores de los años 60. Son los que están haciendo pos grados, trabajando en multinacionales” A.L.;
Generación Y: Comprendido de 1981 a 1992, caracterizado por la exaltación a la belleza y al arte "Todos son bonitos”. Su lema Tenemos un mundo aparte, nadie sabe que es.;
Generación Z: De 1993 al 11 de septiembre de 2001 por la mañana, caracterizado por la globalización y el predominio difusor de la animación europea y estadounidense.; Ellos desean dominar el mundo.
la última generación es la AA, que viene después del 11 de septiembre por la tarde de 2001, que podría caracterizarse, según el autor, por el ambiente del terrorismo y la difusión intensiva de los videojuegos. Ellos quieren oprimir "Ctrl"+"Alt"+"Supr" en el teclado del mundo.
[ii] Es un comediante colombiano, nacido en Bogotá, el 25 de junio de 1971,). Récord de ventas de su DVD La Pelota de Letras, comedia en el formato Stand-up comedy que contiene parodias sobre las diferentes generaciones colombianas, Universal Music Colombia le otorgó el DVD de Diamante y el Doble DVD de Diamante.
[iii] https://youtu.be/ra_3f3S6Y9M

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